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Si no, claro que arrojarán el conjunto al canasto de los papeles y lo olvidarán para siempre. Ahí estaba yo (díganme Mary Beton, Mary Seton, Mary Carmichael, o el nombre que se les antoje —todo es igual—), sentada a los angeles orilla de un río, hace un par de semanas, en el hermoso tiempo de octubre, absorta en mi pesar. Ese yugo de que les hablé —las mujeres y l. a. novela, los angeles obligación de resolver de alguna manera un problema que despierta tantas pasiones y prejuicios— doblaba mi cabeza hacia el suelo. A derecha e izquierda, unas malezas coloradas y de oro brillaban con un tinte de fuego, y hasta parecían arder con un calor igual. En los angeles ribera opuesta, lloraban los sauces en perpetua lamentación, los angeles cabellera desatada sobre los hombros. El río reflejaba lo que quería de cielo y puente y árboles ardiendo, y cuando el estudiante había deslizado su bote por los reflejos, éstos se juntaban de nuevo, absolutamente, como si él no hubiera existido nunca. Ahí, mientras las horas giraban en el reloj, uno podía ensimismarse en su pensamiento. El pensamiento —para darle un nombre más orgulloso del que merecía— había hundido su línea en los angeles corriente. Oscilaba, minuto tras minuto, de un punto a otro entre los reflejos y los yuyos, dejándose levantar y hundir por el agua, hasta —ustedes ya conocen el tironcito— los angeles brusca aglomeración de una suggestion en l. a. punta del aparejo, y después los angeles subida cautelosa y los angeles cuidadosa atracción. Ay de mí, qué insignificante y pequeño parecía ese pensamiento mío en el césped: el pez que un buen pescador restituye al agua para que engorde, y algún día valga l. a. pena cocinarlo y comerlo. No quiero molestarlos ahora con ese pensamiento; si se fijan bien, ya lo descubrirán en lo que diré. Pero por pequeño que fuera, tenía sin embargo esta propiedad misteriosa: restituido a los angeles mente, se remodeló de golpe en algo muy interesante y preciso, y al hundirse y dardear y zigzaguear y chisporrotear, promovió tal remolino de principles que me fue imposible estar quieta. Fue así como me encontré caminando con suma rapidez por un cantero de césped. Inmediatamente los angeles figura de un hombre se me cruzó. Al principio no comprendí que esas agitaciones de un objeto rarísimo, con un frac y camisa de etiqueta, se dirigían a mí. Su cara manifestaba indignación y horror. El instinto más bien que los angeles razón vino en mi ayuda: él period un Bedel; yo una mujer. Éste period el césped; aquél el camino. Sólo el Profesorado y el Magisterio pueden andar por aquí; el pedregullo es mi lugar. Esos pensamientos fueron los angeles obra de un instante. En cuanto regresé al camino, los brazos del Bedel descendieron, l. a. cara se calmó y aunque mejor es pisar césped que pisar pedregullo, nada irreparable había sucedido. los angeles única querella que yo pude haber entablado contra el Profesorado y el Magisterio de aquel colegio period que para proteger su césped, alisado durante trescientos años, habían espantado mi pescadito. No puedo recordar cuál fue l. a. concept que me impulsó a esa violación. El espíritu de los angeles paz descendió del cielo como una nube, porque si el espíritu de l. a. paz habita en algún lado, es en los patios y en los atrios de Oxbridge, una mañana hermosa de octubre.

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